sábado, 20 de febrero de 2010

El Viaje de Juana




EL VIAJE DE JUANA
No era Juana Manuela una mujer común. Había crecido bajo el techo de Flor López, una historiadora marcada por la generación de mayo del 68, lesbiana recalcitrante con un discurso liberado y un especial interés por la masturbación femenina. “Flor” como le decía Juana, le tenía prohibido que la llamara con esa palabra tan recurrente y pronunciada: Mamá.
Esa influencia contestataria creó en Juana Manuela un enorme fulgor que escondía tras sus tangas rojas. Se había convertido en una máquina de sexo. El reiterado odio de Flor hacia los hombres era similar a la misoginia radical, Juana estaba enamorada del falo, no de los hombres, no de un sujeto, lo único que ansiaba era esa sensación jugosa y cálida que recordaba, al ser penetrada. Su sexualidad estaba definida, quería ser devorada por cuanto hombre le llamara la atención e hiciera vivir en ella la bestia ninfómana en la que se convertía. Cada orgasmo era para ella un viaje, un transportarse a través de un falo a dimensiones inciertas, abismos desconocidos, la muerte en vida de Eros.
Flor vivía con su novia y Juana odiaba está situación, así que cada noche emprendía su expedición, no quería estar en su casa viendo la imagen patética que le producía ver a su madre besando a otra mujer más anciana que ella, era asco lo que le causaba dicha escena . Iba en busca de un falo diferente cada anochecer, la curiosidad del devenir era el motor de sus salidas, además de olvidar la presencia de Flor y su amante.
Juana Manuela deseaba volar, perderse en los fluidos del macho cabrío, le excitaba esa imagen de hombre dominante sobre ella. El amante de esa noche no resultó lo que ella quería; se sintió insatisfecha. Al llegar a su casa se encontró a su madre en medio de la sala haciendo yoga, continúo su camino, como si no existiera, abrió su armario y tomó su consolador favorito.




Nini Villegas

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