La posibilidad de transportarse de un lugar a otro se puede equiparar con la afortunada y magnífica sensación de concentrar todos los sentidos en la satisfacción sexual; es el intento de alejarse de todo aquello que no propicie el contacto con la lujuria, pasión, placer, amor, deseo, desenfreno, fornicación o el adulterio según el caso. Permitiendo al hombre un equilibrio mental y emocional llevándolo a un autoconocimiento crítico y a la posibilidad de evaluar su relación con el entorno y o con los demás.
La concepción y acepción del sexo varía según la moral de cada persona, pero se supone que el fin último es poder llegar a sentir satisfacción, esa sensación indescriptible e inenarrable del coito; que en algún caso se puede comparar con la experiencia: no se cuenta con ella mientras no se haya tenido la vivencia real y personal.
Hay quienes consideran el sexo un mandamiento divino, lo enmarcan en la sublimidad y el amor pregonado en las leyes de Dios, cuyo fin último es la reproducción. Es el sexo del respeto, el sexo del mandato, el sexo del amor y la fidelidad. Es el descubrir constante de los encantos de un solo ser, la comunión entre dos cuerpos que se revelan y complementan. Es la afinidad entre alma, mente y cuerpo de esos dos individuos convertidos en una sola persona, en un solo sentir.
Pero el sentir y el pensar varían y hay individuos que centran su sexualidad en el placer, personas que se desinhiben frente al otro y frente a sí para experimentarse, descubrirse y explorar a ese ser que le acompaña en el recorrido por el que consideran más hermoso y espléndido de todos los sentires. Centran su atención en la posibilidad de explorar esa dimensión del ser, que solo alcanzan quienes se arriesgan a disfrutar de su cuerpo e ir más allá, dar un paso más y poder llegar a un orgasmo sincero. Entre estas personas hay quienes tienen una pareja sexual estable y quienes comulgan con el viejo adagio “en la variedad está el placer” y prefieren experimentar con diversos individuos pensando en que con cada quien van a sentir, hacer, lograr y descubrir cosas diferentes.
Y este mundo de rosas no es coherente con aquellos para quienes el sexo no es más que el deseo de otro por quien fueron utilizados, no es más que satisfacer a otro por miedo a un golpe, miedo a la soledad, por obligación o por falta de respeto consigo. Aquellos que fueron ultrajados y se les negó la oportunidad de sentir y explorar ese espacio íntimo que todos deberían considerar un espacio de libertad, que se complementa con esa alteridad y forma una sola pieza en la perfección cóncava y convexa.
Es imposible abarcar el sexo en todas sus acepciones pues las experiencias individuales son las que forman el significado y sentido del mismo, análogo a las diferentes vías y destinos que tiene el mundo y la posibilidad personal de viajar, descubrir y explorar esta diversidad de sitios.
Ana María Garzón Sepúlveda.
Informe técnico y evasivo
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