Empire State of Mind
Cerca de la una de la mañana Andrés entro a ese bar, ya cansado de caminar y no encontrar ningún lugar en donde sentarse. Ese Underground de la una de la mañana no podía estar mas lleno, en el lugar no cabía un alma mas, de lo contrario no habría lugar para el oxigeno dentro de aquel antro.
Un pasadizo largo lo llevó a la barra donde pensaba pedir una cerveza bien fría y por fin marcharse a casa. Caminando por ese largo corredor se percato de que las luces de neón hacían que su camisa blanca iluminara la mitad del lugar, imaginó como se verían sus amarillentos dientes. En la barra al fin, luchó por alcanzar al barman y pedirle solo eso, una sencilla cerveza, cuando por fin lo logró, milagrosamente, una pareja que estaba sentada enfrente de él se levanto y se dirigió a la salida. Al fin encontré un lugar decente para sentarme, pensó Andrés, y se abalanzó sobre los puestos como un gavilán.
Luego de la sexta cerveza no había dilucidado de una vez por todas que había pasado con Daniela, así que optó por dar una mirada a su alrededor. Solo sombras negras. Y una música estridente, no imaginó como había podido escuchar todo el tiempos sus propios pensamientos sin haber sido interrumpido por tan lacerante rock. Incluso las canciones bellas se tornaban difusas y sin sentido en aquella algarabía. El lugar se le empezó a parecer a un concierto de hormonas, besos por acá, manoseo por allá, hombre mujer por acá, mujer mujer por allá. Se le antojo un imagen como de la antigua Grecia.
Entre Black Sabbath, Led Zeppelin, The Rolling Stones, Deep Purple y Pink Floyd se le hizo extraño escuchar a Jay-Z, extraño pero reconfortante. Now I am in Medellín, concrete jungle…
Con la novena cerveza en la mando Andrés sale a fumar. Saca su paquete de cigarrillos mentolados y recuerda que solo los compra por que a Daniela le gustan mentolados, si por él fuera jamás fumaria uno de esos, se le asemejan a fumarse una menta. Prende al revés uno de los dos cigarrillos que le quedan y lo escupe con furia, medita un segundo y no sabe por qué, si al fin fue él quien encendió el cigarrillo, y no al contrario.
Luego de que el buzón de mensajes fuera el único que le respondiera Andrés desiste, le da la ultima fumada al cigarrillo y se dispone a entrar al bar. Se queda detenido en el tiempo por un segundo y se percata de que un malandrín le quito su asiento. Escudriña con la mirada los oscuros rincones del bar y al fondo, al lado de lo que parece ser una pequeña tarima ve una mesa desocupada, entonces e mete la mano en los bolsillos y saca los últimos quinientos pesos. Para nada le sirve ese retrato del árbol de Guacarí.
Así que atraviesa nuevamente las sillas de madera del bar, sorteando cuerpos fogosos en la oscuridad, y decide que esta noche el pedacito del árbol de Guacarí solo le va a servir para dos cigarrillos mas.
Juan Felipe Mejía García.
Buen trabajo y la manera de contar se ve sólida e inteligente, buenos detalles, la historia incluye, la imagino en imágenes, le suena??
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