Llegué, después de caminar varias cuadras haciendo cuentas de cuanto va a costar el parqueadero, lo primero que veo una rubia despampanante con unos labios rojo intenso, se parece a Marilyn Monroe, tengo que aceptarlo es ella, su pintura es un indicio de la noche que me espera. Pasó de ese rojo intenso que me activa el cuerpo a un verde algo más tranquilo pero no menos voluptuoso, veo a mi amigo Sebas sentado esperándome, me siento y lo primero que recibo es un shot de tequila, me lo tomó y vuelvo a ver a Marilyn para ver si me regala un guiño, no quiso.
Me quedo embobado con los colores del bar, es delicioso ver esa mezcla, aún más cuando hay varios shots preparados sobre la barra esperando a ser ingeridos, es como si ningún color sobrara ni faltara, sigue el recorrido de la mirada cuando llegue a varios LP’s pegados sobre la pared, me pregunto cómo no lo había visto antes, siguió la mirada desplazándose y la ví, sentada en ese sillón rojo, sobre la mesa de madera tenía un caipirinha, su bebida favorita, me quedé mirándola, cuando nuestras pupilas se encontraron, subí la mirada pretendiendo creyera que estaba viendo el cuadro de los Rolling Stone que estaba alrededor de los cuadros de diferentes bebidas, pero mi intento fue fallido, no quedo otro remedio que ir a saludar a ese viejo amor que aún quema el corazón.
Estaba con su mejor amiga, a Sebas le encantó al instante, y terminamos sin saber los cuatros en la misma mesa, cuando me senté, instantáneamente los shots bebidos fueron destruidos por el cuerpo, quizás por los nervios, ya no me sentía chistoso, tocó volver a pedir un shot doble y el más fuerte para volver al mismo estado, para no sentirme intimidado por esa hermosa mujer, que sólo con tocarme me hace revivir todos esos recuerdos.
Me preguntó por mi presente, me quede callado, insistió pero no recibió nada de mi, se paró y se dirigió al baño, me fui detrás de ella y le agarré la mano, quedamos parados al frente de esa lámpara azul, que se reflejaba en esos cristales cuadrados, le dije que el presente era yo y ella en ese bar, que lo demás no importaba, me abrazó y nos dimos un beso, los cristales estallaron al igual que la bola pegada al techo y sus reflejos.
No tenemos tiempo, al otro día estaremos a miles de kilómetros de distancia, la noche es muy corta para nosotros, así que debemos irnos juntos a explotar nuestro amor y pasión, ese encuentro fue un regalo de Dios, ¡mentiras fornicar es pecado!, del destino más bien; fue algo hermoso que siempre quedara en mi recuerdo, así que le dimos dinero a Sebas para que pagara y nos fuimos juntos a revivir sin morir.
JUAN SEBASTIAN AYALA
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