UN DOMINGO SIN INSOMNIO
Arturo como todos los domingos solía salir a deambular las noches de Tenerife, la soledad de esos días lo llenaban de emoción, la calle húmeda y las sombras desconocidas que pasaban a su lado le hacían sentir la vibración que a su vida le faltaba. Esa noche tomó sus tenis de guerra, se vistió con el atuendo más cómodo de su armario y emprendió su caminata noctámbula.
Al bajar las escalinatas de su cuarto recordó su cobija gris de rayas, necesaria para emprender tal viaje y los guantes de boxeo que su padre ya fallecido le había obsequiado. Al salir de su casa Arturo se hecha la bendición, apresura el paso, camina veinte cuadras en dirección al norte y se detiene frente a la Iglesia Tenerife, levanta su mirada a la cima del templo sagrado, mientras se arrodilla, pronunciando las palabras:
-“Por mí culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”.
Arturo se incorpora, toma la cobija, sus guantes, continúa su camino incómodo, en su mente escucha el llanto de su madre, eran reiteradas estas crisis auditivas desde la última pelea en la que salió noqueado su contrincante al segundo round, el boxeador caído nunca volvió a ponerse de pie. A partir de aquella tragedia Arturo se pasaba los días y las noches encerrado en su cuarto haciendo crucigramas y sopas de letras, consideraba esta actividad el elogio a la vaguedad del tiempo, el asesino más burlón del incesante transcurrir de cronos. El domingo, sólo este día, Arturo encontraba una razón para salir y sentir que aún le temía a algo, llevar sus guantes rojos de boxeo a su lado, le daban la valentía que su cuerpo endeble necesitaba.
En su cotidianidad le era imposible dormir, padecía de insomnio agudo, solo las pastillas de Rohipnol podían ayudarle a conciliar el sueño, se sentía culpable de su infortunio, el llanto de su madre, la cara destrozada se su contrincante, la sangre corriendo, Cristo crucificado; eran las únicas imágenes y sonidos que su memoria recordaba insistente.
Cada domingo salía con la intención de caer desplomado en un sitio inesperado, cuatro pastillas para terminar con su conciencia o en su efecto escurrirse por los pasillos del inconsciente. Se detuvo ante la imagen de un anciano sucio que tenía encima dos cajas desarmadas de cartón, las tomó sin reparo y aceleró el paso, sabía que su tiempo de vigilia estaba contado.
Su mente empieza a perderse entre la nebulosa del sedante, camina lento pero con firmeza, llega a la parte trasera de un Motel de mala muerte en Tenerife, alcanza a ver un chorro de luz cenital que ilumina el suelo, la imagen de Cristo crucificado viene a su mente, se imagina en ella sangrando y pidiendo a gritos su salvación; descarga los cartones, toma un palo del suelo y justo bajo el destello de luz dibuja una cruz, está perdiendo poco a poco el conocimiento, se imagina él en el cuerpo desnudo de Cristo, sin embargo se resiste a sufrir, prefiere perderse en su sueño, toma la cobija gris que llevaba en el hombro junto a sus guantes de boxeo y los ubica de almohada, organiza los cartones dentro de la cruz dibujada, formando con estos la misma forma, mientras en su mente sigue replicando una voz masculina que dice:
-“Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa”. Arturo ya no está ahí.
NINI VILLEGAS VELEZ

Sin saber de modos y formas, a la gente no le importa mucho conocer la realidad de los que viven en las villas miseria, El desengaño, el pesimismo, el sufrimiento, la duda, la ausencia y, también, de cuando en cuando, la esperanza se ve plasmado en el diario vivir, casi siempre con destino de amarillento olvido, atrapada en los rincones más oscuros de la desdicha entre balazos que perforan la noche y nieblas de marihuana que se asientan sobre el inmundo vacío,nadie se preocupa por el hermano, amigo, ni en entender que significa compasión.
ResponderEliminarescrito por: katherine velez
¿Crucifixión?
ResponderEliminarEsa noche, Juan se dirigía a su casa después de entrenar, depronto sintió un peso en el pecho, algo que jamás en su corta vida había sentido, se sentía triste, deprimido, intentaba caminar pero sentía como si no tuviera control de sus piernas y cada persona que veía lo aturdía... depronto se recostó en lo que parecía ser un buen lugar en la calle....
Depronto Juan empezó a sentir una profunda paz que lo estremeció, sentía que a su alrededor se formaba una especie de margen cuya forma desconocía y no podía ver... el mundo entero había desaparecido para él...
Los transeuntes que lo veían en tal estado pensaban y trataban de imaginarse qué podría estar pasando con ese niño que aparentemente lucía y se veía como una "persona de bien", murmuraban, criticaban, juzgaban y arrojaban comentarios arbitrarios tratando de buscarle un sentido para no sentirsen tan mal con ellos mismos... poco a poco y a medida que más pensamientos pasaban por sus cabezas, la simple vista fue crucificando a Juan, la mirada indiferente, la ignorancia y la crítica de los demás lo fueron enmarcando en una cruz, cuyo contenido no podía ser sino un niño más dejado a su suerte quizá por unos padres irresponsables...
Pero Juan ignoraba cuanta mirada de lástima o de indignación pasara por su lado... él estaba en paz, tranquilo, disfrutando de una experiencia como ninguna otra... todo su dolor desapareció y quedó plasmada esa imagen en su corazón...
Para Juan, ese día fue uno de esos que no se pueden explicar, que no se sabe el por qué y el para qué de lo que pasó, pero que guardó para sí y entonces nadie más importó.
Por Lady O
Crucifixión
ResponderEliminarLa calle, la gente, el ruido, el frío de la soledad. Todas esas cosas típicas de nuestra urbanidad, pero poco perceptibles para un día de sólo 24 horas.
El corre corre de una sociedad que ya no mira hacia abajo y que carga cruces pesadas. La monotonía del transeúnte.
Es tan diferente la forma en que miras hacia arriba estando en lo más bajo, mientras estas acostado… porque todo es más grande que tú. Entonces te sientes como un ser pequeño e insignificante y a pesar de que alguien te ofrece la mano, la cual se vería sumamente grande, nadie te la ofrece, y si lo hace, tú te sientes tan chiquito que de alguna forma te atas pues no la alcanzas, y si la alcanzas, tú si miras hacia atrás; lo que te hace recordar que tu cruz es más pesada aunque esté más cerca del suelo y que por más que quieras de alguna manera te aferras a ella.