Una suave comezón aparece desapercibida entre las lagunas de su mente que gotean en su cuerpo. Se ha olvidado del tema de la rutina y de preocupaciones incesantes que han calado profundo en el armazón de su vida nocturna. No hay protagonismos de dinero ni supervivencia ni amor, sólo una leve atracción que la hace moverse de un punto a otro.
Hombres en compañía de una mesa vacía, con dos copas y una botella esperando a alguien, no saben a quién, pero ahí están. Música estruendosa y luces pobres en la penumbra y la sombra muestran parejas de baile exóticas y seductoras, en algunos casos asquerosas, pero exóticas. Más de una caricia, una sonrisa y una mirada suceden allí como obra de teatro, mientras que 2 mujeres por hombre significan igual la soledad extrema para cada uno de ellos, aunque el lugar venda compañía.
Entre los destellos se reconocen los movimientos sensuales de las raras parejas, la mujer excesivamente inquieta y su parejo clavado al piso y techo. Ella brilla por lo que muestra, el brilla por lo que es, un metal pulido que ha estado con otras 15 mujeres esa noche por rutina. Seguro ya está hastiado, pero ocho clavos bien repartidos no lo han dejado irse. Cualquiera de los hombres de las mesas desearía su lugar, pero en verdad no saben de su padecimiento. Cargar con cuerpos desconocidos una y otra vez, levantando el peso de alguien que en otra situación nunca ayudaría a levantar; caricias indeseadas y abusos permisivos, sudor desagradable y roces íntimos de alguien no tan íntimo. Es ese su verdadero puesto en ese lugar, aunque las mujeres de poca ropa que sienten los jalones entre las piernas de los hombres ocupen un cargo similar pero amarradas por más de ocho clavos.
Y ahí estaba ella siendo una de todas, sin un típico cruce de piernas, dejando ver un poco más, esperando a un hombre de buena paga después de haber dado dos rebajas por un trozo de carne durante la noche. Uno fue tosco, el otro con poca experiencia, pero el factor común era la inercia en el movimiento costumbrista para satisfacer el cuerpo.
Viene uno y va el otro, hombres de lengua larga y bolsillo corto que buscan todo por el precio de nada. Pero no falta quien haga derramar gotas de su imaginación en un lugar árido por el uso. Quizás ella camine hasta él sin pensar siquiera en la paga. Quizás no lo tome como su labor de rutina, sino como un tiempo libre, un escape al sexo de verdad. Unos cinco metros de viaje hacía él y un sencillo ofrecimiento para conseguir lo que quiere, una ida a la cama junto con un poco de dinero.
“En el Triángulo de la Bermudas se han perdido muchos hombres. Las mujeres deciden sobre el viaje a él”.
Mateo Jaramillo
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