martes, 9 de agosto de 2011

Viaje al sexo

Su cabello como el fuego, rozó de manera insospechadamente sexy la poca parte al descubierto de sus pequeños senos. Ladeó la cabeza y desabrochó con lentitud increíble el primer botón de su blusa. Su risa tentativa, incitaba a su compañero, le arrastraba desde lo más profundo. De repente, surgió la urgencia y la necesidad, un calor palpitante comenzó a tener lugar en los dos cuerpos separados por escasos metros. La mujer de cabello como el fuego, dio un paso hacia su amante y desabrochó un nuevo botón, dos, tres y se detuvo al ver la expresión ansiosa dibujada en el rostro del hombre de ojos negros.

La espera y la tentación no aguantaron más y él no pudo continuar dentro de sus ropas. Impetuosamente atravesó el espacio que los separaba y desgarró frenéticamente la blusa de ella, hallando así la blanda prominencia de su pecho. Enceguecido, encontró con su lengua un café y suave pezón, y con anhelo incesante, terminó por desnudarla completamente. No podía creer cuan sublime era el cuerpo de esta, su amiga, su amante, junto a ella la eternidad era corta.

La mujer de cabello como el fuego se deleitó con este primer contacto, tan suave como violento y deseó que nunca terminara. La mesa sobre la cual el hombre la había sentado se movía al ritmo de estos y pronto con anticipo, la excitación de ambos se extendió por todo el lugar. Sus cuerpos temblaban desenfrenados, sus manos recorrían la totalidad de sus cuerpos, sus bocas eran fuego ardiente, tanto que era doloroso; sin pensarlo dos veces, los dedos de él hallaron el punto húmedo, lo abrieron y alzando un poco las caderas de ella pudieron acoplarse a la perfección.

Sus cuerpos estaban calientes, vehementes y dispuestos a llegar al final, sus besos se extendían deliberadamente... El explosivo culmen que los llevó al límite, después de un largo desenfreno, fue una combinación de placer y gritos, entremezclado con un dulce y cálido alivio.

Aquella noche era fría e inquietante, no se oía más que la acelerada respiración de aquellas personas. Se abrazaron el uno al otro recostados en la suave alfombra al lado de la mesa y cerraron los ojos para esperar juntos el nuevo día.

No hay mucho más que explicar, el viaje de aquella noche fue fantástico.

Manuela Mira.

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