En la mesa aún yacían fármacos de LSD; al frente un espejo inmenso a través del cual se observaba el cuarto. Eran las 10:00 a.m. de aquel día y la mañana se tornaba aceleradamente oscura y los objetos de aquel espacio sufrían un proceso de hibridación entre la realidad y aquello extraño que se percibía en el ambiente, traslapando la realidad y dando paso a objetos no facticos y no abstractos. Ya era la noche a las 11 de la mañana, la nueva realidad estaba desenvolviéndose al otro lado del espejo, saltando el espejo de frente, claro esta. Unos bultos negros se acercaban, eran rectángulos de color negro y estaban furiosos así como son estos seres de la mañana oscura del otro lado del espejo. Ya no había tiempo de devolverse, por alguna razón había que seguir y este era solo el primer escollo de este mundo lúgubre, húmedo y nuevo. Esos bultos se habían detenido brevemente… yo caminaba lentamente y me sentía inmensamente pesado, sin cabeza, con manos y pies de latón. Que estaba pasando? Que era yo? Donde estaba? En que realidad me encontraba? Quise devolverme pero el espejo me devolvió mi imagen: un inmenso cilindro de latón cóncavo y convexo que chispeaba al caminar y no tenía ninguna emoción, quería seguir caminando y ahora solo sentía que aquellos bultos me estorbaban y debía quitarlos del camino. Seguían detenidos allí y estaban fumando, parecían esperándome. Hasta el momento solo pensamientos, ya no me importaba porque estaba allí, era una pila gigante y no me importaba porque… no se ¿porqué? A medida que avanzaba ya no sentía nada, entre más me alejaba del espejo menos temor sentía, no había realidad, no había identidad. Sentía que lo correcto era devolverme pero no podía hacerlo. Esos bultos desaparecieron inesperadamente, no me di cuenta. Seguí rumbo a algo parecido a un bosque delirante de árboles invertidos y luces negras.
Por: Daniel Londoño
No hay comentarios:
Publicar un comentario