Juana lo miraba sigilosamente, él no sabía que ella existía, o al menos eso es lo que ella cree; se escuchaban varios comentarios acerca de ese chico, que es el más lindo, que es el más adinerado, que es el más inteligente, pero a Juana nunca le despertó un interés en particular.
Aquella noche, todo era normal, Juana había salido con sus amigos, compartiendo risas, palabras, momentos; de pronto los dos coincidieron en acercarse a la barra, entre miradas se escapó una sutil sonrisa, y la ocasión ameritó que se conocieran e intercambiaran un par de palabras. Parecía que se conocieran de toda la vida.
Él la invitó a un trago, ella accedió, y así empezó la charla, la noche se hizo amena, con el paso del tiempo los amigos de ambos empezaron a desaparecer, ya no quedaba ningún conocido, sólo ellos dos, frente a frente, dejándose envolver por el ritmo de la noche.
A medida que pasaba el tiempo y se iban conociendo más y más, Juana iba descubriendo el atractivo intelectual de aquel joven, pues nunca le pareció atractivo físicamente, a punto de finalizar la noche, el joven decide acercarse un poco más, ella, tímidamente, lo deja; se cruzan sus brazos, luego sus labios y así empieza una larga despedida, casi sin fin, como si ninguno quisiera irse. Ella intenta disimular, pero el con un gesto amable le dice: ¡quédate un poco más!
Ya eran cerca de las 4 de la madrugada, Juana debe irse a su casa, se despide del chico, le agradece la compañía y la manera en que la hizo sentir, luego sale del bar, y rápidamente, él sale detrás de ella, como si pensara que al cruzar la salida fuera a perderla para siempre.
No sé si se volvieron a ver, si intercambiaron sus teléfonos, si son pareja, o si el destino decidió que fuera un encuentro casual; solo sé que al salir a la puerta observé como los dos subieron juntos a un auto, muy felices de hecho.
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