martes, 13 de septiembre de 2011

Katapis

Desde que Goyo tenía conciencia siempre había tenido cierta atracción por las cosas de colores. Todo lo que a la vista es colorido a Goyo siempre le causaba alegría: desde un avión en llamas hasta un cadáver sangriento.
Quizá Goyo nunca se había preguntado el por qué de su fascinación hacia ese tipo de cosas había hecho que ahora, en la etapa final de su vida, él se encontrase confinado en un cuarto monocromático, del color del hueso, que sólo le producía tristeza.
Poco espacio para moverse,una ventana diminuta y extraños personajes que lo observaban y anotaban cosas en planillas era ahora y, desde hacía bastante tiempo, lo único a lo que Goyo estaba acostumbrado.
Estas circunstancias habían conseguido que cierto día un personaje raro, de aquellos que lo observaban, luego de darle dos lastimeras palmadas en la espalda le entregara un sobre amarillo, algo sospechoso y abandonara la acolchonada habitación. Goyo observó largamente aquel sobre. Hacía mucho no veía algo así; se sintió feliz y decidió extraer el contenido.

Al día siguiente corrió por los pasillos de aquel sitio el rumor de que el viejo Goyo había muerto, ahogado, tras haber ingerido unas figuritas multicolores, con las que suelen los niños jugar alegremente.

Jairo Marín

No hay comentarios:

Publicar un comentario