Sentada en la misma silla de todos lo sábados, veo como un señor de edad, alto, canoso, buen mozo, llega con una joven muchacha, muy hermosa, de unos 17 años.
No creería que uno con su padre se besa apasionadamente, no creería que uno con su padre, baile apretadito, no creería que uno con su padre se siente a tomar cerveza “cogiditos” de la mano, pero en fin, fue así como saqué la conclusión de que no era su hija, si no su amante, su “arrocito en bajo”, su “mecatico”, o alguna de esas definiciones que se le dan a todas aquellas que no son, ni serán sus esposas, o mejor dicho las oficiales.
Entre copas y más copas, sus muestras de cariño, aumentaban considerablemente. Yo quería disfrutar de la compañía de mis amigos, pero me era imposible quitar mis ojos a tan escueto espectáculo. No es que fuera así de malo, la verdad, pero es que la diferencia de edades si lo era. En fín!
La música un poco alta, la luz un poco baja, no fue impedimento para escuchar lo que escuché: ”Quieres que le diga a mi amiga que venga, para que la pasemos aún mejor, ella si sabe como hacerlo”. El hombre ni corto, ni perezoso accedió.
Después de unos escazos 30 minutos, llega una joven, mucho más hermosa que la anterior, pasó por el lado de nuestra mesa, en busca de la mesa de su amiga. Al llegar a la mesa (no logré escuchar muy bien las palabras del hombre, éste sólo se paró de la mesa, miró a la joven y comenzó a gritar como loco…
…gritó como loco porque… la joven que había llegado para pasar una deliciosa noche llena de placer y lujuria, era nada más y nada menos que su: PEQUEÑA HIJA!
Por: Erika Ríos Mesa
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