miércoles, 14 de septiembre de 2011

Barbaridad hormonal.

Más hormonas que neuronas.

Eran las cuatro de la tarde de un miércoles cualquiera, la luna poco a poco se iba dibujando en el cielo, acompañada por unas intensas nubes color naranja. Antonia como de costumbre, estaba en la acera paseando en su triciclo, cada tarde después de la guardería le gustaba esperar a sus padres montando en su regalo favorito.

Esta tarde tenia varias cosas en particular, diariamente su abuela estaba en casa cuidándola, siendo su compañía mientras ocurría el mejor evento del día, la llegada de sus padres; pero su abuela estaba en un paseo de la tercera edad con sus nuevas amigas, por lo que Antonia quedó al cuidado de una vecina, Bárbara.

Bárbara era una adolescente de apenas 14 años, con todas las hormonas posibles encima, haciendo estragos y maravillas en su cuerpo. Era un poco alocada y le encantaba ser visitada por sus novios, mucho mas cuando hacia el trabajo de niñera, pues tenía el papel de adulto responsable y podía hacer lo que se le diera la gana. Era por esto que los padres preferian que Antonia fuera cuidada por su abuela, que aunque estaba muy entrada en años, aun era muy elocuente y cuidaba a la niña como un tesoro.

Lo otro de particular que tenía la tarde, es que los padres de la pequeña debían demorarse un poco mas de lo habitual, pues el siguiente sábado era el cumpleaños número 4 de Antonia y querían que fuera un recuerdo para siempre en su memoria de niña.
Esa tarde, la pequeña niña de tan solo 3 años estaba tan tranquila como siempre, paseándose por la acera, desde la casa de su vecino de la izquierda, hasta la casa de su vecino de la derecha.
En vista de que en pocos días se convertiría en una niña mayor, Antonia se sintió atrevida y le preguntó a Bárbara si podía ir de esquina a esquina, debido a que ya casi cumplía 4 años y como decía su abuela, los años traen nuevas responsabilidades, entonces sentía que ya podía cuidarse sola. Bárbara, con sus neuronas atrofiadas por las hormonas, no sintió que hubiera problema alguno y por el contrario vio en esto la oportunidad perfecta para estar a solas con su novio de turno, por lo que le permitió a la niña correr el riesgo.
Antonia se sintió muy afortunada de que su niñera fuera tan generosa y no dimensionaba los problemas que una niña de su edad podía enfrentar en la calle, de forma muy segura tomó su triciclo y se encamino hacia su nuevo reto.

A las 5 en punto llego el novio de Bárbara a hacerle compañía en su tedioso trabajo, la adolescente estaba muy feliz y lo hizo pasar con entusiasmo, pues sabia que le esperaba una tarde apasionada, por lo que Antonia dejó de ser su preocupación principal.
Pasaban los minutos y la niña estaba feliz, sumergida en su orgullo de crecer y sentir que podía hacerse responsable de su cuidado, pues en medio de su felicidad, notaba lo sola que estaba, ya que estaba acostumbrada a ser observada siempre con mucho esmero por su abuela y sus padres.

Eran casi las 6 de la tarde y comenzaba a hacer frío en la calle por donde se paseaba Antonia, por el contrario a la habitación ardiente en donde estaba Bárbara, a quien su novio había hecho olvidar a la niña por completo. Antonia sentía un poco de hambre y por suerte pasaba un carrito de crispetas en la calle del frente, ella con su espíritu de niña grande se arriesgo aún mas y cruzó la calle.

El dueño del carrito era un hombre con traje color blanco percudido, obeso, desaliñado, de mirada repulsiva y nariz regordeta, quien al ver a Antonia tan solita, la atendió de manera muy amable. Ella no se percataba de su aspecto, pues las crispetas eran como un trofeo a su hazaña de cuidarse sola y lo único que le importaba era recibir uno de esos paqueticos que brillaban a través del vidrio del carrito de agradable olor.
Este hombre, Elías, tenía 50 años y acababa de empezar en su oficio de crispetero en el carro de su hermano, tras su salida de la cárcel por el incidente del colegio Sagrado Corazón, en 1990. Estaba decidido a no volver a su pasado y empezar una nueva vida, aunque aún debía asistir a las terapias con el psiquiatra que le asignaron en su último juicio, se sentía un hombre nuevo.
Antonia se acercó a Elías en busca de comida, lo saludo con el gesto más afectuoso que él había recibido en su vida y revolvió todo en su mente criminal, inmediatamente algo dentro de este hombre cambió, cada uno de los vellos de su piel se erizaron, su respiración comenzó a hacerse más y más recurrente y su cara empezó a producir fluidos de la manera más asquerosa posible y su corazón palpitaba como el de un cerdo cuando siente que se aproxima su muerte...

Quien iba a pensar que este gesto fuera el detonante que desataría la desgracia de Antonia, pues los hechos que ocurrieron a continuación fueron cometidos por un monstruo que las terapias psicológicas sólo habían dormido y ocultado en el interior de este hombre, un monstruo que había dormido durante 20 años y que estaba más hambriento que nunca.
Este fue el primer y último viaje de Antonia al sexo, una niña que no alcanzó a cumplir 4 años, vivió su corta vida sobre protegida por sus padres y su abuela, pero la suerte le jugo la peor de las pasadas, por un descuido de su candente niñera. En una tarde de miércoles, a manos de Elías, Antonia vivió la experiencia más espeluznante a la que un niño puede enfrentarse.
El sábado, día en que la niña cumplía 4 años, fue encontrada muerta en un bosque cercano con su cuerpo cercenado, empuñando un paquete de crispetas.

Viaje al sexo,
K Henao C.



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