miércoles, 14 de septiembre de 2011

Visita (bar)

Esa noche era como cualquiera: luces, tragos, cuerpos, labios, música y andenes… al menos para mí lo era; me gusta sentarme en los andenes y ver desde fuera todo lo que ocurre allá, lejos de aquí, nunca me he sentido parte de, creo que prefiero ser un observador.

El sitio, como cualquiera. De amplios espacios, con sus puertas abiertas de par en par invitando a cualquier desdichado a olvidar sus problemas; yo quiero conservar los míos. Luz tenue, decoración mínima, sillas de madera al igual que las mesas, uno que otro vaso medio lleno o como dirían algunos, medio vacío, y una banda al fondo que tocaba: El lado oscuro de Jarabe de Palo.

Ella se parecía a mí en ese aspecto, pero había una diferencia, estaba adentro. Yo me limitaba a observar enfocando de vez en cuando el vaso de vodka en mi mano y después a ella en su dinámica agitada; se le veía inquieta, atenta, expectante, de acá para allá pero sin abandonar nunca la frontera que separaba nuestras masas.

Una seña o un silbido fuerte y ella inmediatamente aparecía como por arte de magia, se limitaba a escuchar y a dar una sonrisa falsa para volver al mismo punto con lo que le habían ordenado, así se la pasaba toda la noche, de aquí para allá y de allá para acá.

Blusa blanca, alta, le faltaba un pendiente, delgada, cabellera negra, manos delicadas; no podía mirar hacia otra parte y estoy seguro que sabía de mi vigilancia, como si ella se encontrara en el centro de una estructura panóptica y yo en la cima de algún faro.

Sonaba: Ella usó mi cabeza como un revolver de Soda Stereo.

Noté una tímida mancha rojiza en sus manos y en su blusa que relacioné inmediatamente con su oficio, pues el trajín de la noche podía robarle su blancura. Mientras, yo iba rondando el cuarto vaso; ya no podía enfocar.

…La cruzó, cruzó la frontera y yo me quedé estupefacto pues cada paso que daba era uno menos en juntarnos, lentamente se acercó y me dijo: Sígueme. Aquí no había pensamientos, solo impulsos, mi cuerpo se levantó del asfalto sin la más mínima duda y la seguí. Era una calle oscura y caminábamos cuesta abajo, donde la penumbra hacía de las suyas, nunca al lado de ella, yo solo la seguía.

Al final de la calle se detuvo, dio media vuelta y me miró señalando la esquina, ni una sola palabra. Me acerqué hasta sentir su respiración, pero jamás la toqué y esta vez nadie le daba órdenes, ahora era ella quien me ordenaba a donde debía mirar con su dedo, y yo sin más remedio giré mi cabeza 45° grados a la derecha, y con mucho esfuerzo traté de hacer el último enfoque de la noche, pues en el suelo yacía mi cuerpo inerte sobre un charco de sangre espesa y sobre la palma de mi mano, el pendiente que no ocupaba su lugar.

Maicol Cheng

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