En dos días y dos noches, en tan sólo 48 horas, después de la Marcela, ya no había nadie, sólo estaban unos cuantos reunidos en el amparo de un kiosco como el cielo y la tierra, aunque no había tierra ni unos cuantos. La Marcela fue arrolladora ese año, se tomó todo y no dejo nada, en el baile de la luna y la marea llegó sin avisar. Todos decían en secreto que algún día el mar reclamaría todo, que tomaría a la fuerza lo que cualquier hombre por Esteban y mártir cristiano que se llamará le hubiese robado. No hubo llamada para alertar, pero como gigante liberado de casillero llegó a la hora de la cena.
La Marcela, así le llamaban los pobladores de Colombo al mar celoso de cada año, que entre crecida y crecida buscaba entrar por la puerta grande a cada lugar del que fue excluido. Era un suceso terrible que se paseaba en un fin de semana de enero y hacía gritar al mundo “El mar viene creciendo con fuerza y como gigante quiere reclamar, está celoso. ¡Viene el Marcela!”.
Cuando llegó a la costa hizo, igual que los pasos de un gran animal prehistórico, que aparecieran ondas en los tintos, que se voltearan las tazas y se quebraran en el suelo las botellas de cerveza del único bar. Se posicionó con toda facultad para hacer correr el pueblo y llegó con tiquetes para cada edificio, con escala en aire para terminar en el piso. Y ahí seguían, después de los largos días sábado y domingo los únicos dos sobrevivientes, Josué y Teresa, los personajes del nuevo génesis. No hay quien dé gracias a Dios por no extinguir la humanidad, sin embargo, no había porque agradecer, por simple casualidad ahora reinaba en Colombo un aire de homosexualidad. No existía ni una mera atracción entre los seres de sexo opuesto para crear una nueva generación.
Al final una nube de incertidumbre se posaba en el cielo, el marcela calmaba sus celos, los seres se situaban lejos uno del otro y se veía en un nuevo amanecer un fin camuflado.
Mateo Jaramillo Salazar
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