miércoles, 14 de septiembre de 2011

Viaje en el tiempo

A las 11 de la noche siempre llego a este particular lugar, algo informal, disfruto mucho estar allí.
Casi siempre desentona un poco mi presencia y que alguien como yo lo frecuente es extraño, pero eso es lo que más me agrada. Esta noche comienzo a observar de una manera que no lo había visto antes, pues a partir de lo que hoy observe debo construir una historia, con los detalles que este lugar me presenta.

Es una lugar al que notablemente le han pasado los años sin muchos cambios, no se hacen necesarios supongo, pues las personas que allí encuentro, no pertenecen a la juventud que trata de buscar cosas nuevas cada instante, por el contrario prefieren lo de siempre, lo que perdura en el tiempo y se hace eterno, creo que esto encuentran consuelo, en la inmortalidad de un lugar al que sus cuerpos muy pronto dejaran de frecuentar, debido a caducidad humana.
Empiezo a observar primero lo inerte del sitio para luego observar la parte cálida, la humana. Lo primero que me encuentro son sus ocho pequeñas mesas cafés, de madera desgastada; me encuentro sentada en un taburete de cuero, parezco hundirme en él, felizmente me sostengo. Hay cinco cuadros de artistas que no conozco, pero sin duda habré escuchado en algún momento su música. Es un lugar relativamente pequeño para acoger tantas experiencias contadas una y otra vez por sus protagonistas de cuerpos añejados; pero al acoger todas estas historias lo convierte en un lugar especial, donde mágicamente el tiempo se detiene y retrocede, gracias a la pasión que cada narrador le imprime a sus historias. Yo sigo observando, es un lugar oscuro, la poca luz sale de la barra, y de los cigarrillos al encenderse, Un tono melancólico lo rodea, suenan suaves tangos y baladas.

Se acerca el mesero, un señor alto, de voz grave, canoso, me pide la cédula, y me mira de manera extraña, pues las veces que he estado en este lugar, me atiende una señora, entre alegre y nostálgica de voz aguardientera, que por causa desconocida no encuentro hoy en el sitio.

Dirijo mi mirada ahora a los compañeros de bar, sus caras largas envejecidas, sus miradas cansadas pero constantes, su aire de melancolía me llenan de razones para venir acá. Encuentro varias caras conocidas, que aunque sus palabras nunca se han dirigido a mi, conozco la riqueza y la expresión que le ponen a sus cuentos, pues que el lugar sea reducido me ha permitido conocerlos, me ha permitido sentirlos cercanos. Las personas que van están dispuestas a beber y a recordar, me acoge este entorno que envuelve una tristeza pasiva y el respeto por lo que era antes. Todo el que llega parece que fuera cliente viejo, se me va la noche al igual que ellos en un lugar donde se acompañan las tristezas.

La historia de la noche la encuentro en mi, una joven sentada en la barra de un bar al que no le pasan los años, que se quedó congelado en el tiempo; ella no parece pertenecer allí, las arrugas inexistentes en su rostro la excluyen de este grupo incluyente, donde el único requisito para pertenecer es el gusto por la nostalgia y el aprecio por los tiempos pasados, recogidos en canciones, y precisamente este es el gusto que la joven le encuentra al lugar, el poder transportarse por medio de la música y viajar a un tiempo al que no perteneció, pero en el que le hubiera encantado nacer.

Historia del bar,
K. Henao C.




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